Son tiempos peligrosos para la democracia. Vivimos en una era de ganadores y perdedores, donde las probabilidades están a favor de los ya afortunados. La movilidad social estancada y la desigualdad arraigada desmienten el credo estadounidense de que "puedes lograrlo si lo intentas". La consecuencia es una mezcla de ira y frustración que ha alimentado las protestas populistas y la polarización extrema, y ha llevado a una profunda desconfianza tanto en el gobierno como en nuestros conciudadanos, dejándonos moralmente sin preparación para enfrentar los profundos desafíos de nuestro tiempo.