Ilustraciones por Yarelis Guzmán Sánchez
Rafael Cordero Molina, fue un niño curioso que descubrió muy temprano su pasión por enseñar. Creció junto a sus dos hermanas mayores, Gregoria y Celestina, quienes seguramente le enseñaron sus primeras letras y despertaron su amor por el conocimiento. Con dedicación y una profunda humanidad, llegó a convertirse en uno de los educadores más admirados de Puerto Rico.
Entre sus discípulos se encontraba el escritor Alejandro Tapia y Rivera (1826-1882). Tapia, reconoció la grandeza espiritual y educativa de su maestro, y llamaba “el cielo del maestro Rafael” a la porción del firmamento que se extendía desde la calle de la Cruz, donde él residía, hasta la calle de la Luna, donde se encontraba la escuela de Cordero, ubicada en la penúltima manzana frente a las ventanas de San Francisco. Ese era el camino que el niño Alejandro recorría diariamente para asistir a sus clases y encontrarse con un maestro que marcaría para siempre su vida.
Esta es la historia de un hombre que creyó que la educación podía abrir las puertas de un mundo repleto de oportunidades para todos y todas; un maestro que convirtió la enseñanza en un acto de amor, resistencia y esperanza.